Mediterráneo, el bosque que resistió al poder del Sol

Los bosques que hoy bordean la cuenca del Mediterráneo (de los que ya hablamos aquí), el Mare Nostrum de los antiguos romanos, tuvieron su origen a orillas del Mar de Tetis, hace, aproximadamente, unos 100 millones de años, y terminaron de formarse al final de la última glaciación, hace ahora unos 20.000 años. Su historia geológica y biológica constituyó el escenario vital en el que los seres humanos del viejo mundo, desde hace 8.000 años, cultivaron la tierra, cazaron cérvidos, pescaron en sus ríos y comieron los frutos de sus matorrales. Desde la Grecia de Pericles hasta la Castilla de los Reyes Católicos, desde la Roma de Marco Antonio hasta Abderramán III, primer califa andalusí, el bosque mediterráneo fue el gran bioma del sur de Europa. Así que podemos hablar de Mediterráneo, el bosque que resistió al poder del Sol

La fascinante adaptación del reino vegetal a la aridez, los incendios y las altas temperaturas.

Mediterráneo el bosque que resistió al poder del Sol
La cuenca litoral del océano mesozoico llamado Tetis fue el medio físico donde comenzó a formarse el bosque mediterráneo. Fuente: Kollmann, H. A. (1992). Tethys—the Evolution of an Idea

Veinte mil años decíamos, finales de la última glaciación. El gran cambio climático que se produjo entonces provocará una auténtica catástrofe; un importante aumento de las temperaturas que irá ejerciendo una presión selectiva en la biocenosis, como si el dios Apolo, con un hacha de fuego, hubiera ido eliminando a todo ser vivo que no supiera adaptarse a las nuevas condiciones ambientales. Desde las primeras bacterias oceánicas que aparecieron hace 3.500 millones de años, la vida ha funcionado siempre de la misma forma: el medio impone las leyes y los seres vivos se adaptan y prosperan, o terminan feneciendo. El bosque mediterráneo recogió el guante y fabricó una comunidad vegetal altamente especializada en hacer frente a la aridez (escasez de agua), las altas temperaturas y los incendios recurrentes. Huelga decir que las plantas no pueden desplazarse, ni buscar agua o alimento ni tampoco refugiarse del calor o escapar de los herbívoros, de manera que sus hojas, tallos y raíces se convirtieron en máquinas de supervivencia para optimizar los recursos del entorno.

Mediterraneo
El bosque mediterráneo adaptó sus comunidades vegetales a la escasez de agua, altas temperaturas e incendios recurrentes. Foto. Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía.

Nada nace ni ha nacido sin antes haber nadado

La frase de Joaquín Araujo explica la necesidad imperiosa de agua para los seres vivos, sus células y sus tejidos. Aquí surgió el primer problema para la flora de la cuenca mediterránea; la escasez de precipitaciones. Árboles como la encina, el alcornoque o el acebuche se vieron favorecidos por presentar alturas poco elevadas, hojas perennes, esclerófilas (duras) y pequeñas que reducían la evapotranspiración y la superficie de exposición al sol. Una capa cerosa reflectaba la radiación, disminuyendo así la pérdida de agua.  Las frondosas copas horizontales proyectaban sombra sobre sus propias raíces, disminuyendo el calentamiento del suelo y permitiendo que el agua almacenada permaneciera más tiempo a disposición de sus prolíferas y absorbentes raíces. Los frutos, por su parte, en forma de cápsulas resistentes y coriáceas (bellotas) protegerían a los embriones de la deshidratación.

Mediterraneo
Hojas perennes, duras y de pequeño tamaño, copas frondosas y horizontales, raíces profundas y frutos revestidos por cápsulas resistentes permitieron a los árboles del bosque mediterráneo adaptase a la escasez de agua.

La transición de un clima frío a otro cálido fue el segundo gran reto para estas comunidades vegetales; había que hacer frente a las altas temperaturas. Una buena adaptación para el estrato arbustivo fue el crecimiento ralo, de escaso porte y en forma globosa, una anatomía que protegía los tallos, las hojas interiores y las raíces del calentamiento, la desecación del viento y la pérdida de humedad del suelo. Lentisco, cornicabra, madroño, labiérnago o palmito, encontraron en esta estrategia una buena forma de sobrevivir y prosperar.

Mediterraneo
La forma circular o globosa de los arbustos del bosque mediterráneo es una excelente adaptación a las altas temperaturas.

Los cambios en el medio físico son un excelente laboratorio de evolución a cielo abierto, y en su afán de subsistir, las formas vivas generan todo tipo de adaptaciones. Especial atención merece la descripción foliar del palmito común (Chamaerops humilis), con un innovador diseño. La superficie de las hojas, abiertas como un abanico y en zigzag, evita que el sol incida perpendicularmente sobre ellas, reduciendo así la insolación. El algarrobo, por su parte, generó hojas con los bordes muy lobulados, recortando la superficie de contacto y mitigando el recalentamiento causado por la luz solar.

Mediterraneo
La anatomía foliar del palmito común y el algarrobo son diseños adaptativos para reducir la insolación y el calentamiento de la hoja.

Miles de años de evolución fueron tejiendo una fascinante variedad de adaptaciones. Las aulagas han modificado sus hojas en espinas y las retamas las han convertido en finos y alargados cordones lineales. Los tallos, pigmentados de clorofila, son los encargados de realizar la fotosíntesis. Ambas estrategias disminuyen la masa de aire caliente en contacto con sus tejidos foliares. Las jaras, por su parte, cubren sus hojas de una fina película de pelillos llamada tomento, una especie de protector solar que ayuda a disipar la radiación. Otras especies como las labiadas han desarrollado hojas pobres en pigmentos, lo que les confiere un aspecto blanquecino y menos verde (Phlomis purpurea) que aumenta el albedo (reflexión de la luz), conjugando este carácter con la existencia de bordes revolutos que se enrollan sobre los estomas y los protegen de la solana.

Mediterráneo el bosque que resistió al poder del Sol
La anatomía foliar del palmito común y el algarrobo son diseños adaptativos para reducir la insolación y el calentamiento de la hoja.

Otro conjunto de exitosas adaptaciones tuvo que ver con la capacidad de las especies para adaptarse —e incluso verse favorecidas— por los incendios forestales. Los alcornoques presentan una gruesa capa lignificada (corcho), como una armadura, que retarda la ignición de la planta. La jara pringosa unge sus tallos y hojas de una sustancia pegajosa e inflamable, el ládano, que favorece la combustión de las cápsulas donde almacena las semillas, haciendo que estallen y se diseminen por el entorno. Los frutos de las pináceas se abren con las altas temperaturas que provocan las llamas (45º-50º), liberando así los piñones y esparciéndolos para colonizar nuevos espacios. Los brezos han generado un engrosamiento en la parte superior de las raíces llamado lignotubérculo, una especie de almacén de yemas que se activa con el aumento de temperaturas, generando un rebrote casi inmediato de decenas de nuevos ejemplares.

Mediterráneo el bosque que resistió al poder del Sol
Corcho como escudo protector, sustancias inflamables y frutos o yemas que se abren y prosperan con el calor de las llamas son extraordinarias adaptaciones frente a los incendios forestales.

En resumen, como hemos visto, las adaptaciones de la flora nativa y ribereña del antiguo mar de Tetis pudo prosperar y colonizar regiones interiores siguiendo estas adaptaciones: reducir portes, minimizar superficies foliares y crear estructuras para protegerse del sol, la pérdida de agua e, incluso, hacerlas oportunistas de los incendios forestales. Es posible que el bosque mediterráneo no sea tan exuberante y esplendoroso como las formaciones caducifolias, pero su belleza contenida es innegable.

El campo mismo se hizo árbol en ti, parda encina

Los versos de Antonio Machado pueden ser el mejor homenaje poético al gran bioma en cuyo seno prosperaron los pueblos de Iberia, un paisaje totémico ligado de forma inseparable a nuestra piel de toro, a nuestra historia compartida como especie, de Algeciras a Estambul, como cantaba Serrat en su sublime Mediterráneo, y, en definitiva, a nuestra cultura como pueblo y civilización. Tal vez, conocer algo mejor la belleza de sus estrategias evolutivas y su afán por vivir y subsistir nos ayude a entender aún más el esplendor de la naturaleza, su deliciosa complejidad y su inquietante fragilidad. Sin encinas, acebuches o alcornoques, no hubiese habido tartesios ni turdetanos, ni Bética Romana ni Al Ándalus musulmán o Castilla cristiana.

La pregunta es sobrecogedora: ¿Es posible que hayamos llegado hasta aquí gracias al bosque mediterráneo?

Chema Fernández, Biodiversidad

Leave your comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *