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La España vaciada: Homo Sapiens Ruralis

Ruralis01

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En uno de sus trabajos más recientes, La estirpe de los libres (2010), Benigno Varillas, biógrafo oficial de Félix Rodríguez de la Fuente, planteaba cómo la aparición de las primeras ciudades y el profuso desarrollo de la civilización urbana habían sido responsables de buena parte de los problemas que hoy sufre la humanidad, por cuanto supuso un desarraigo de las personas hacia la naturaleza, el mundo silvestre, las tradiciones y las pequeñas comunidades que conocieron los albores de nuestra historia (lo que hoy conocemos como la España vaciada). Sin duda, habrá quien piense que esa lectura no es del todo acertada. Las ciudades produjeron el refinamiento de la cultura humana, la sociología de la convivencia, la aparición de derechos civiles o el florecimiento de las artes y las ciencias.

Es innegable que los seres humanos hemos construido entornos cada vez más confortables y seguros enlazados por modernas autovías, llenos de edificios inteligentes y enormes superficies donde comprar y vender cualquier cosa. Hemos inventado la fibra óptica, el libro electrónico, las pantallas de plasma líquido y los despóticos 5G. La verdad es que somos increíbles. Pero los pueblos se mueren o, mejor dicho, como escribía Pedro Simón en su artículo de El Mundo (La España vaciada, 01/04/2019), los estamos matando. Es posible que se trate de un homicidio involuntario y no un crimen, fruto del progreso imparable y la tecnosfera en la que vivimos, pero el mundo rural se está muriendo.

Fotograma de la serie Crónicas de un pueblo, emitida por RTVE entre 1971 y 1974

Esos pueblos en los que nacimos nosotros o nuestros abuelos, donde nuestros padres nos dejaban trasnochar. Donde las niñas y niños correteaban por las callejuelas, volaban cometas y cazaban renacuajos en las charcas. Los mismos pueblos donde nos enamoramos, donde quizá besamos por primera vez. Los pueblos de eras y cercados, de pan de leña y establos, de cielos cuajados de estrellas y orquestas en plazas iluminadas durante las fiestas del verano. Esos pueblos que somos y llevamos dentro, se mueren. No importa el lugar, es una pandemia. Ya sea en las praderías asturianas, las llanuras castellanas, el páramo leonés, o las campiñas andaluzas. Es la muerte en directo, la España vaciada o, más bien, la España que vaciamos, como aclaraba Pedro Simón en su brillante artículo.

El éxodo rural o campesino hacia las grandes ciudades es una historia secular. En época medieval los periodos de malas cosechas junto a las durísimas condiciones de explotación laboral empujaban a las personas a abandonar las aldeas para buscar mejores oportunidades de vida en las florecientes ciudades. En épocas más recientes, los duros años de posguerra y la falta de expectativas provocaron que cientos de miles de jóvenes dejaran sus pueblos para emigrar a los grandes núcleos urbanos. ¿Quién de nosotros no tiene un abuelo, un tío, un pariente que tuvo que abandonar su hogar para buscar una vida mejor en Alemania, Francia, Madrid o Barcelona? Hoy, el abandono del ferrocarril tradicional en detrimento de la Alta Velocidad, el desarrollo de los medios de transporte, la cada vez mejor formación de los jóvenes y sus inquietudes de prosperar en los sectores no agrícolas del mercado laboral, están provocando la última oleada de abandono de la población rural.

Jóvenes preparados para subir al tren durante el gran éxodo rural de España (1980-1975). Fotografía del historiador Julián Casanova publicada en su artículo Del campo a la ciudad (2014)

La realidad es muy tozuda. En una España que presume de sanidad, los pueblos pequeños se quedan sin consultorios. En un país que alardea de educación, los colegios rurales se cierran por falta de alumnos. Hay aldeas vacías que se venden y otras que ofrecen viviendas gratis para atraer a nuevos vecinos, tal como retrata con ironía y humor la serie de TV El pueblo, de Alberto Caballero. Languidecen los servicios básicos y las oportunidades. La población envejece y nuestros pueblos de siempre se enfrentan a un futuro cada vez más incierto. Lo cuenta Rafael Navarro de Castro en La tierra desnuda (Alfaguara), la historia de un hombre en extinción que nació, creció y vivió en un mismo pueblo, una especie humana, la rurales, que se enfrenta a la amenaza de la dolorosa extinción que arrasará tradiciones, cultura, arraigo y sentimiento de pertenencia a una tierra y una forma de vida.

‘Abuelos’ tomando el sol en la plaza del pueblo. Foto del Observatorio para el Mundo Rural

 

“El hecho de que el avión sea más rápido que el caballo no quiere decir necesariamente que el mundo vaya a ser mejor.”

Las nieves del Kilimanjaro (1936) Ernest Hemingway

Eso mismo pide el Observatorio para el Mundo Rural al gobierno de la nación para el plan España 2050: no sólo es una cuestión de recuperar los pueblos como un slogan político hacia la población rural, sino de pararse a pensar para qué y para quién los recuperamos. Porque el señor con sombrero, palo de selfie y cámara de fotos que va el fin de semana al pueblo necesita que éste se mantenga bonito. De acuerdo. Pero los que viven allí dentro necesitan algo más importante: necesitan que el pueblo -de lunes a viernes- se mantenga vivo. Se lo debemos a los pueblos de nuestra infancia. Esos pueblos que todas y todos llevamos dentro. Esa, por desgracia, España vaciada.

Cinco lecturas recomendadas sobre el mundo rural:

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