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Cambio climático: el grito de Gaia

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El pasado 9 de agosto el grupo de científicos vinculados a la ONU que integran el IPCC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático) publicaba su último y demoledor informe sobre el clima en nuestro planeta, un documento plagado de mensajes rotundos: “la humanidad es responsable del aumento de los fenómenos extremos”, “se han producido cambios que serán irreversibles durante siglos o milenos”, “la concentración de CO2 en la atmósfera es la más alta de los últimos 2 millones de años”. El propio Secretario General de las Naciones Unidas sentenciaba: “Este informe es un código rojo para el mundo”.  Los mensajes que Gaia nos envía están hechos de palabras cadenciosas muy lentas, escritas con grafos casi geológicos y, aunque siempre nos avisa con antelación suficiente para prevenirnos, lamentablemente no queremos entenderlos. El cambio climático es una triste e innegable realidad que no podemos obviar.

La capacidad de los seres humanos de influir sobre el clima terráqueo comenzó a cambiar una noche de mediados de otoño en la ciudad escocesa de Greenock. El joven que aparece absorto en el famoso óleo de J.E. Lauder es, nada más y nada memos, que James Watt, una de las mentes más brillantes del silgo XVIII. El precoz ingeniero escocés lleva desde los 16 años obsesionado con el estudio del vapor, la temperatura, la presión de los fluidos y la condensación. Él aún no lo sabe, pero el modelo definitivo que está ultimando sobre la máquina de vapor dará paso a la Revolución Industrial, una etapa crucial en la historia de la humanidad que transformará súbitamente el modelo productivo, pasando de una economía agropecuaria y rural a otra mecanizada e industrial, cambiando para siempre la vida de los seres humanos.

James Watt en su taller de Greenock. Óleo de James Eckfor Lauder (1885)

El día en que James Watt patentó su máquina de vapor (1769) la concentración de CO2 en la atmósfera terrestre era de 280 partes por millón (ppm), una cifra que había permanecido invariable durante milenios. A partir de ese momento se rasgaron las cortinas del templo. Los seres humanos pasarían de caminar a pie o desplazarse en carromatos movidos por animales de tiro, a recorrer miles de kilómetros en ferrocarril o barcos de vapor. La explotación de combustibles fósiles para las calderas trajo aparejada una importante expansión de la riqueza, la población y los núcleos urbanos, transformaría paisajes naturales y se produciría un gran impacto en los sistemas naturales. En aras del progreso y la industrialización millones de toneladas de CO2, gas residual producido durante la combustión, se vertían sin solución de continuidad a la atmósfera. Hoy, 250 años después del invento de Waat, la concentración media de CO2 en la mezcla de gases que envuelven la Tierra es de 419 ppm, un súbito aumento que ha generado cambios en el clima sin precedente en la historia de la humanidad.

Esto tiene una consecuencia clara: el aumento de la temperatura media global está ya en 1,1 grados respecto a los niveles preindustriales; y el ritmo de calentamiento planetario es tal que no hay precedentes de un proceso similar en al menos los últimos 2.000 años, apunta el informe del IPCC.

Proyección sobre el aumento de las temperaturas medias en el planeta con un calentamiento global de 1,5 grados (arriba) y un calentamiento de 4 grados (abajo). ATLAS DEL IPCC

De otra parte, coinciden también los científicos del estudio, que el aumento de fenómenos meteorológicos extremos guarda una relación positiva con la alteración del clima, tales como la excepcional nevada de la tormenta Filomena en enero, la tremenda ola de calor de finales de junio en Canadá, las inundaciones en el centro de Europa o en China de julio o los recientes incendios forestales asociados al calor en la cuenca del Mediterráneo.

La ciencia es innegable, y el costo de la inacción y la responsabilidad sigue aumentando. Según el propio informe, uno de los aspectos más preocupantes será el deshielo de los casquetes polares, especialmente el Polo Norte. Su función es esencial para refrigerar los océanos y regular la temperatura del planeta, convirtiéndose en el gran ‘aire acondicionado de la Tierra’. Con las simulaciones publicadas en el informe, es posible que las masas de hielo marino hayan desparecido en los próximo 60 años, un tiempo inferior a la vida de un ser humano. Será una espiral perversa, a mayor temperatura global, menor cantidad de hielo, menor refrigeración de las masas oceánicas y, por ende, más aumento de las temperaturas.

Evolución de la pérdida de hielo marino en el casquete polar norte. ATLAS DEL IPCC

El cambio climático supone la disminución de las precipitaciones en, al menos un 30%, el incremento, magnitud y frecuencia de los incendios forestales, la pérdida de cobertura vegetal y el aumento de la erosión serán responsables de una importante desertización del suelo fértil, hecho que vendrá acompañado de una drástica disminución de la biodiversidad a escala planetaria. Luis Reyes, en su artículo de enero de 2016, advertía de que “el precio del agua será más caro que el petróleo”.

Ante este escenario de incertidumbre sólo nos queda una opción. Descartada la idea de Stephen Hawkins de buscar un Planeta B susceptible de albergar vida humana más allá del Sistema Solar, las alteraciones del clima se suceden a un ritmo cada vez más acelerado y la evidencia científica nos empuja a los gobiernos y al conjunto de la sociedad mundial a acelerar el ritmo de transformación de nuestro modelo de desarrollo y de nuestro sistema económico para hacer frente a la gran amenaza que representa el cambio climático. No debemos perder la esperanza. El paso inmediato es disputar el sentido del cambio civilizatorio que vivimos, reducir el consumo innecesario, cambiar el vehículo privado por el transporte público, el coche por la bici o un agradable paseo a pie, reciclar los residuos, ser cuidados con el agua y el consumo de energía en el hogar, visiones, incorporar a nuestra dieta productos ecológicos y disminuir el consumo de carne, regresar de vez en cuando al pueblo de los nuestros abuelas y aprender cómo vivían entonces, creer en la ciencia y las prácticas alternativas, huir del modelo de consumismo depredador que destruye culturas y vida silvestre e implicarnos en cada lucha para enfrentar esta gravísima amenaza ecológica; cuidar las semillas que germinan desde lo local para ir tejiendo solidaridades nacionales, regionales, universales… Como decía el antiguo pueblo indígena Misak, recuperar la tierra y la memoria para no perder nunca la ESPERANZA.

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